Entrevista a Pablo Huerga Melcón

 

La balsa de piedra, nº 4, julio-septiembre 2013, p. 5.

“Interview with Pablo Huerga Melcón”

Agustín Lozano Vicente & Pablo Huerga Melcón

Resumen: Entrevista con el doctor en Filosofía y profesor Pablo Huerga Melcón.

Palabras clave: Entrevista, globalización, geopolítica, clases sociales, izquierda política.

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Abstract: Interview with PhD in Philosophy and proffessor Pablo Huerga Melcón.

Keywords: Interview, globalization, geopolitics, social classes, left-wing policy.

Agustín Lozano: Has escrito artículos y pronunciado charlas sobre la idea de Globalización ¿Cómo hay que interpretar el fenómeno de la Globalización? ¿Qué destacarías cómo lo más relevante o esencial de la Globalización?

Pablo Huerga: Hay interpretaciones de la Globalización, que yo más bien diría que son mecanicistas,  que dan por hecho que es un resultado automático del desarrollo de la civilización como si fuera algo inevitable y no algo debido a tendencias políticas, a planes y programas de una sociedad política. Se valora la cuestión como si fuera un proceso inevitable en donde no hay agentes activos. Esto creo que es una interpretación errónea.

Se intenta dar a entender la Globalización como un periodo histórico, una nueva etapa que cristaliza con la caída de los URSS en el año 1991 aunque ya venía de antes. Se trata de una nueva forma de organización del mundo regida por el Imperio Americano. Tiene como punto de origen la bomba atómica de 1945 y pasa por un periodo de Guerra Fría entre dos Imperios que están luchando por la hegemonía mundial, en el sentido de representar dos proyectos históricos universalistas, el americano y el soviético. De hecho cuando cae la URSS se publica el artículo y posterior libro de Fukuyama, El fin de la Historia, que proclama la victoria del modelo americano presentado como final de la historia ya que encarna un proyecto propuesto como histórico-universal. Pero ya hemos visto que el ortograma, el conjunto de planes y programas articulados en torno al proyecto imperial americano no ha sido el final de la historia.

A diferencia de estas interpretaciones mecanicistas, a mi juicio hay que tener claro, y más desde la izquierda, que si lo consideramos como un periodo histórico necesariamente tenemos que ejercitar una filosofía de la historia. En este sentido la interpretación del fin de la historia de Fukuyama era la contrapartida o la réplica a la misma visión marxista o soviética que planteaba lo mismo: hay un final en la historia, en el caso soviético, la sociedad sin clases. Sin embargo, si interpretamos la historia introduciendo el factor de los planes y programas de una sociedad política determinada, de los grupos de presión, de las empresas y multinacionales, etc., entonces hay que interpretar la Globalización como una resultante del choque y conflicto de estos grupos enfrentados y sus intereses en donde no puede haber un final  pues ningún grupo tiene el poder o la capacidad para imponer definitivamente su orden de forma irrevocable y necesaria sino que es una lucha, un enfrentamiento entre esos grupos para establecer su orden pero en conflicto permanente con otros grupos. El libro El choque de Civilizaciones lo que viene a expresar es la imposibilidad de domesticar la historia, de dirigirla.

Hay que señalar que los libros clave que definen esta situación actual de la Globalización en sentido mecanicista, son por una parte el citado libro de Fukuyama y el libro de Huntington El Choque de Civilizaciones. En el libro de Huntington se plantea la situación del mundo que se presenta cuando ya no hay dos bloques enfrentados sino un Imperio que está intentando organizar el mundo según sus planes y que tiene una serie de frentes batalla abiertos.

A.L.: Y ¿qué sucede a partir de ese momento? ¿Cuál podríamos decir que es la situación actual?

P.H.: En el libro de Huntington se reinterpreta la situación actual como un choque de civilizaciones, una situación derivada de la existencia de civilizaciones con identidad diferenciada que están en conflicto. Pero hay que señalar que la situación es la misma: la ejecución de un proyecto imperial que tiene sus limitaciones pero también su proyecto imperial irrenunciable. De hecho el otro acontecimiento que ocurre cuando cae la URSS es el inicio de la Primera Guerra de Irak que supone precisamente la estrategia del imperio de ir afianzando zonas de influencia geoestratégica.

A.L.: El 11S quizás marca el límite al proyecto americano, la toma de conciencia de las dificultades de exportar a todo el mundo la democracia liberal y el libre mercado.

P.H.: Sí, pero en alguna medida el 11S ha servido como un acicate que si por una parte señala que es imposible ese control absoluto también lo que ha hecho es catalizar o reforzar esa línea de estrategia imperialista. Y así hemos visto la guerra de Afganistán, la Segunda Guerra de Irak o lo que ahora mismo estamos presenciando en el norte de África, donde habría que pensar qué tipo de revoluciones han sido estas, en qué medida han jugado un papel los servicios secretos de las potencias dominantes y también lo que esta pasando con Irán.

A.L.: A tu juicio este proceso globalizador ¿qué ideología o que filosofía promueve o acaba necesitando como justificación de su propio proceso en marcha?

P.H.: Bueno, por una parte lo que está claro es que la intención es ver la globalización como un fenómeno inevitable. Quiero decir, interesa que se vea como una circunstancia histórica necesaria e irreversible y no determinada por intereses y proyectos políticos. Y hay que atajar esta interpretación que nos muestra la Globalización como un acontecimiento no determinado por intereses determinados. Esto hay que analizarlo y ver hasta qué punto están interviniendo los países, multinacionales, intereses económicos, grupos de presión…etc. Aquí los economicistas añaden la idea del éxito del capitalismo corporativo y el egoísmo natural del hombre, la irreversibilidad del modelo, etc.

Por otra parte, también es cierto que la Globalización es una era donde el factor del consumo, del individuo consumidor, adquiere una importancia prioritaria e incomparable con otras épocas históricas. En este sentido hay una domesticación de la tecnología, una integración de toda una serie de procesos productivos en el ámbito del mercado y el consumo que cambian la vida de las personas y ha generado una especie de desorientación del individuo. Y ¿en qué medida esta desorientación está alimentada precisamente por la misma estrategia imperialista que busca legitimarse como una necesidad histórica? Pues seguramente esto está pasando también. Hay una crisis de la personalidad y lo que está surgiendo entonces es una nueva visión del individuo más vinculado a las apetencias, al consumo inmediato a la satisfacción de necesidades inmediatas determinadas por el consumo, por la propaganda, la publicidad, reorientando las acciones del individuo a las satisfacciones concretas. Se está rompiendo la idea de la persona como una trayectoria vital construida en el tiempo en la que la persona se hace causa de sus propios actos. El sujeto de la nueva era de la Globalización es lo que denomina Gustavo Bueno un individuo flotante, una figura que surge en las crisis de personalidad dadas históricamente donde hay sobreabundancia de planes y programas que hacen que el individuo no se vincule con ninguno en concreto y se mantenga en una situación flotante, incapaz de orientar su acción hacia una opción concreta y estructurada. Pero esto es muy pronto también para decirlo porque son cambios históricos que no se pueden calibrar suficientemente en un periodo de tiempo tan corto. Si estamos en esta nueva era seguramente estamos empezándola, de hecho se está construyendo y conformando el nuevo orden que todavía está sin definir.

Como diría Spengler, el hombre parece puro microcosmos, y a esta noción de sujeto egoísta y psicológico se le está dando una dimensión ideológica verdaderamente abrumadora y asfixiante. Desde las nuevas teorías de la neurociencia, hasta la psicología, se procura cargar en la configuración natural del individuo, casi en su propio cerebro, el secreto de lo que somos, en una suerte de determinismo que no contempla la posibilidad de construir una sociedad basada en valores diferentes de los que el capitalismo promociona en la era de la globalización. Fukuyama lo decía así: “la lógica de la ciencia natural moderna parece dictar una evolución universal en dirección al capitalismo”. Es como si consideramos que el comportamiento de los individuos en la sociedad actual no viene determinado por el contexto histórico cultural en el que viven, sino por su naturaleza, de manera que juzgamos natural, y por tanto, necesario, nuestro modo de vida, o la globalización, o el capitalismo democrático. El materialismo de la conciencia parte del reconocimiento de la responsabilidad personal de nuestros actos, por supuesto, pero también del papel que tiene la historia en la conformación del presente y por tanto, también de la conciencia personal. La libertad humana solo es posible si partimos de una filosofía de la historia en la que los hombres juegan un papel activo, de tal modo que seguimos considerando la posibilidad de actuar para cambiar las cosas, pero también para reconocer que nuestro presente histórico es fruto de planes y programas llevados a cabo por los hombres, y no por una suerte de destino inevitable. La principal tarea de la filosofía materialista actualmente es, nuevamente, una reforma del entendimiento.

A.L.: Se habla del fenómeno de la globalización como era de la comunicación, como un fenómeno posibilitado por las nuevas tecnologías de la información, por la posibilidad de un mercado global, etc, ¿qué opinión te merecen estas ideas?

P.H.: Lo más ingenuo e inocente y erróneo por otra parte es pensar que la globalización es simplemente un fenómeno derivado del desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación, de la posibilidad de interconectar e intercambiar productos, bienes y servicios entre los distintos países…,etc. Esta es una idea que efectivamente es real, esto está sucediendo y es posible realizarlo, pero es una idea que oculta y distorsiona el hecho de que estamos ante la estrategia de un Imperio que lucha por sobrevivir e imponer un orden político. Además los mismos procesos tecnológicos están contribuyendo más que nunca al afianzamiento de ese orden imperial. No se puede olvidar que estas nuevas tecnologías son una fuente, una herramienta impresionante del control de la información y de los individuos a una escala nunca antes vista. Es decir, es posible hoy en día hacer un seguimiento personalizado a través de estadísticas concisas y precisas de las tendencias sociales y personales como nunca se ha visto antes.

Esta situación actual no es que sea ni mejor ni peor sino que simplemente esta época está construyéndose sobre esos entramados tecnológicos y esto hay que decir que no se hace ingenuamente, sino en un contexto de tendencias y de intereses políticos y de planes y programas de países que están intentando establecer un orden social concreto.

A.L.: ¿Qué relación hay entre la actual crisis y lo que hemos comentado sobre la Globalización?

P.H.: Bien, con esto de la crisis se está jugando a la magia del misterio de la ciencia económica que se supone que funciona de una manera completamente abstracta y opaca respecto a los individuos y que los somete a sus leyes porque así lo dice la santa ciencia económica. Esto es un error completo y una estrategia más de dominio de los intereses que están detrás de los proyectos políticos. En el libro de Stiglitz, El malestar en la globalización se explica, por ejemplo, cómo las mismas recetas que hoy se aplican en España fueron dictadas por el FMI y el BM a otros países como Rusia, Argentina, los países del sureste asiático, llevándoles, en todos los casos a un callejón sin salida y a un deterioro histórico de sus sociedades. España y Grecia viven las consecuencias de un planteamiento ultraliberal establecido en el tratado de Lisboa. El artículo 123 de este tratado hace a los bancos privados mediadores de todos los procesos de financiación de la deuda pública, lo que antes hacía, con la peseta, por ejemplo, el Banco de España. Alemania está estableciendo su nueva hegemonía apoyada por Francia, contra España, Grecia, Portugal, etc. Pero esta situación no es un proceso natural, sino una resultante de políticas y geo-estrategias concretas. Eso es la Globalización.

Por otra parte, tampoco se puede olvidar que las campañas militares de EEUU cuestan mucho dinero y tenemos que pagarlo entre todos. Sería políticamente incorrecto decir en público que gran parte de lo que pagamos en deudas está en el debe derivado del mantenimiento del orden internacional norteamericano; es más suave decir que unas hipotecas basura generaron una especie de desorden financiero internacional y que hay unos hombres muy malos y muy listos en los grandes centros económicos dispuestos a enriquecerse como locos a costa de países enteros. Este cuento de villanos no hay quien se lo trague. Se promocionó a muchos charlatanes que iban explicando cómo hipotecas basura dieron lugar a esta crisis. Miremos lo que significa en España esto. El orden internacional regulado por el imperio americano tiene sus gastos, y si no vamos a la guerra, lo pagamos bajo la apariencia de una ingeniería financiera malvada y atávica.

A.L.: A la vez que ha surgido la Globalización ha surgido el movimiento antiglobalización. ¿cómo ves estas alternativas?

P.H.: Desde el punto de vista de la filosofía de la historia que estamos aquí considerando, estos movimientos forman parte de esas luchas y enfrentamientos que podrán tener mayor o menor beligerancia, mayor o menor fuerza o ser más o menos ingenuos en sus propuestas, puede que incluso esos grupos antiglobalización estén por otra parte domesticados dentro del proceso de globalización, pero por otra parte no dejan de ser agentes de conflicto, agentes que están contribuyendo a que esas tendencias globalizadoras no sigan una línea uniforme y puedan tener crisis y generar situaciones de cambio. Este papel significa que los individuos organizados pueden actuar y afectar al orden establecido y esto siempre ha sido así, pero ahora desde el punto de vista del control de la información y de la capacidad de manipulación de la opinión es verdad que es más difícil la organización de la lucha. Pero son factores que están actuando y tienen su importancia. La fuerza que puedan tener para modificar la línea o tendencia general pues dependerá de la capacidad de esos movimientos para articular una lucha con unos planes concretos y coherentes y en qué medida tengan claros unos objetivos que pretendan alcanzar. Lo que es necesario más que nunca es determinar los programas con los que queremos organizar la lucha contra el sistema u orden establecido, es decir, es necesario que se definan bien esos programas. Porque lo que sucede con este tipo de grupos o movimientos como pueda ser el 15M u otros es la dificultad para establecer programas capaces de articular los fines personales en una línea de acción que pueda afectar y modificar el camino que lleva ahora el Mundo.

A.L.: En una conferencia en la que participaste sobre Globalización, Nacionalismo e Izquierda señalabas que una de las principales carencias que tenía la izquierda en general y estos grupos en particular era su renuncia al Estado como institución desde la cual hacer política.

P.H.: Sí claro. Este es uno de los graves problemas que desde la perspectiva de la tradición marxista más está distorsionando la actuación política y su capacidad de lucha. Porque lo fundamental de esta cuestión es que una de las cosas que más ha cambiado radicalmente es el papel del Estado en relación con los individuos que lo componen y en relación con los otros estados. Cuando Marx analizaba el papel del Estado éste era un elemento claro de opresión, era la institución que regulaba el ejercicio del poder de la burguesía sobre los trabajadores. Esa visión del Estado como un Leviatán que de alguna manera había que derribar mediante el movimiento revolucionario, tal y como se planteaba a través de las discusiones entre Bakunin y Marx por ejemplo, ha cambiado sobre todo porque ahora el Estado no es como era en el siglo XIX. Ahora los estados modernos son -y esto hay que entenderlo bien porque es fundamental- son instituciones configuradas a la sombra de lo que fue la Unión Soviética. El movimiento obrero internacional, lo que Ortega quiso llamar la rebelión de las masas, reorientó la conformación de los estados modernos. La acumulación de servicios públicos, la reorganización de la producción, el control y la planificación estatal a gran escala de la economía inspirados por los modelos de planificación económica de la URSS, Alemania, etc., generaron los estados de derecho actuales. Eran estados burocráticos, centralistas, garantes de la justicia social, reguladores de servicios, etc. En el contexto del desarrollo de esas sociedades se conforman las democracias modernas, en gran medida, fruto del esfuerzo de masas obreras organizadas que iban facilitando la promoción social, etc. Aquello de “el hijo del obrero, a la universidad”, fue una realidad histórica sin precedentes. Los estados modernos son estructuras económicamente poderosas, y socialmente, muy reguladas, fundamentos de la libertad individual. Son las estructuras que de alguna manera nos pertenecen y en las cuales el hombre se hace libre. No sólo es que la ley te hace libre, es que los nuevos estados sociales amparaban el desarrollo personal a través de servicios públicos regulados por instituciones públicas. Los mal llamados estados del bienestar estaban claramente en la antesala del socialismo. Estos estados fueron los que propiciaron, precisamente por su capacidad económica sin precedentes, y su configuración sobre el principio del interés general, la revolución científico-técnica que caracteriza nuestra época, pues requería inversiones imposibles de afrontar por las empresas privadas. Pero, como ya advertía Rousseau, todos los estados están sometidos a la degeneración. El arte de la política es, como dice Gustavo Bueno, el buen orden, la eutaxía. El contrato social es mejor cuanto más tiempo se sostiene, etc. La democracia española ha degenerado prematuramente debido a que arrastra desde el principio rémoras intolerables desde la izquierda: la institución de la monarquía, por ejemplo, la partitocracia, y la contemplación de los nacionalismos secesionistas. La izquierda política debe asumir la defensa del estado, en la medida en que es la única plataforma objetiva de la libertad del individuo, no porque encarne esencias del pasado (como pretende el nacionalismo), sino en cuanto que se trata del mejor invento moderno para garantizar una vida digna en justicia y libertad. La degeneración se hace patente cuando observamos por ejemplo cómo los partidos políticos hacen para cada legislatura una ley nueva de educación sólo regida por sus particulares intereses, cómo juegan con las instituciones públicas del estado a su interés, cómo aprovechan su estructura para medrar y enriquecerse a su costa, etc. En definitiva es como si el estado estuviera siendo carcomido por una bandas organizadas de parásitos dados a otra escala histórica. Los movimientos políticos de izquierda, ciudadanos, los partidos políticos de izquierda serán aquellos que se orienten a la recuperación de un espacio público y común, y  a la restitución del patrimonio común del estado a la población, a la eliminación de privilegios regionales, o de cualquier otro tipo, a la recuperación del respeto a las instituciones, y a las personas, y a la regeneración moral de la sociedad.

Actualmente, la rapacidad de los políticos sin escrúpulos se ha cruzado con la presión de multinacionales nacidas en el seno mismo de esos estados modernos a través de privatizaciones parciales y de los cambios producidos por los acuerdos arancelarios que abrieron el camino a la deslocalización productiva. Y ese cruce ha sido fatal. La caída de la URSS y la injerencia de las multinacionales, combinada con la irresponsabilidad de los políticos demagogos, ha permitido que nos alejemos sensiblemente del horizonte socialista al que inevitablemente nos lleva el desarrollo de la revolución científico-técnica.

A.L.: ¿Cuál debería entonces ser la principal reivindicación de la izquierda, aquello sobre lo que habría que poner el énfasis?

P.H.: La tendencia actual de la izquierda debería ser la defensa del sector público frente a la privatización de los servicios que conforman el Estado del Bienestar. La izquierda está luchando a favor de evitar esa tendencia privatizadora, que entre otras cosas están en el ámbito de las estrategias del Imperio a través de instituciones como el FMI y el Banco Mundial, amparadas en el marco de acción del Imperio Americano que están precisamente atacando a los Estados en la línea precisamente de disolver las estructuras objetivas, institucionales que les dan margen de autonomía o autogestión.  La estrategia de la Globalización entendida como el proyecto político imperial americano tiene como objetivo, y así ha sido defendido por los críticos de la Globalización como Susan Somtag, Chomsky, la destrucción de lo público en los Estados, las instituciones que garantizan, y aquí está la clave del asunto, la libertad del individuo, es decir, los individuos somos libres en el contexto de los estados. No existe la libertad en abstracto. La libertad se da en el poder de decisión sobre nuestro destino en el ámbito de los estados, único ámbito donde el individuo tiene esa capacidad de decisión. Y en este sentido creo que una de las cosas que la izquierda está haciendo bien es precisamente esa defensa de lo público. Hay una tendencia a desprestigiar el sentido y valor de lo público y esto forma parte de esas estrategias imperiales. Lo mismo que está pasando ahora en Europa respecto a países como España, Portugal, Grecia; lo que se está haciendo es disolver su poder, disolver la capacidad que estos países tienen de autogestión y de imponer su orden dentro de la UE. Me parece que es muy importante que recabemos la importancia que tiene el Estado como espacio de articulación de la libertad de los individuos.

Habría entonces que evitar que los políticos elegidos pudieran hacer lo que quisieran con el patrimonio público. En este sentido hay que regular las instituciones democráticas para que ningún político pueda enajenar patrimonios públicos de los Estados. ¿En virtud de qué un gobierno tiene capacidad para privatizar un bien público? No puede; eso habría que hacerlo mediante un referéndum. Hemos visto como se ha privatizado empresas públicas que eran eficientes y eso no puede ser.

En cierta medida, la época de la democracia constitucional española que se abre con la muerte de Franco ha ido adquiriendo cada vez con mayor claridad el aspecto de un enfrentamiento entre la clase política y las instituciones del estado. En los últimos tiempos, el ataque al estado ha adquirido diferentes aspectos, pero está claro que los partidos mayoritarios, ya constituidos por un nuevo perfil de político ambicioso y sin escrúpulos, tratan de debilitar las estructuras institucionales del estado, incluidos los funcionarios. El desprestigio de las empresas públicas, de los servicios públicos y de los propios funcionarios ha ido permitiendo a los políticos una serie de reformas que debilitan el estado de derecho, y la capacidad del estado para garantizar la justicia social. El cuerpo de funcionarios es un escollo difícil de salvar para estos nuevos políticos insensatos e insaciables. Su ambición ha encontrado este obstáculo, pero seguramente ya es muy tarde para volver atrás. Los partidos tienen una capacidad sorprendente para generar puestos de confianza en los lugares clave del estado. En el fondo, ha pasado algo parecido a lo que ocurrió en la Unión Soviética con el PC. Cada institución pública estaba sometida al dominio de una serie de dirigentes políticos, no por méritos profesionales adquiridos por oposición, sino por su capacidad personal y política para colocarse en el lugar conveniente en el momento oportuno. Esto generaba toda una serie de dificultades y situaciones absurdas que contribuyeron a su modo en el proceso de derrumbamiento del estado. La democracia española ha degenerado, como ya lo pronosticaba Platón, en una demagogia peligrosísima para el sostenimiento del estado y de nuestra libertad.

A.L.: Pero en cambio la fortaleza de un estado por sí mismo para ejercer su soberanía es complicada dado el actual sistema de relaciones internacionales. Necesitaría buscar alianzas, uniones transnacionales…

P.H.: Efectivamente para un Estado la situación es claramente difícil, pero no todos los Estados tienen la misma capacidad de autonomía o soberanía. Depende de su poder económico, de su capacidad para imponer su criterio en el ámbito internacional. Por ejemplo a nosotros, a España la pertenencia a la UE nos esta afectando de manera sistemática porque está disolviendo poco a poco las estructuras objetivas de nuestra soberanía e independencia y es lo que está pasando en Grecia y los países donde hay más debilidad institucional. Y en España esta situación de debilidad se ve favorecida con una actitud un tanto infantil por parte de la izquierda respecto al Estado y con una tendencia también durante muchos años de los partidos a recuperar valores nacionalistas que no han hecho más que contribuir a debilitar la capacidad de negociación del Estado español ante Europa. Y claro, también hay que decir que esto ocurre porque otros países se aprovechan de esta situación. A nadie se le oculta lo que está haciendo Francia y Alemania: una reestructuración de Europa a base de debilitar a otros países en su favor.

En todo caso, también es cierto que nuestra visión del estado pueda responder a una especie de horror vacui, un terror a lo desconocido, un miedo a dar un salto adelante y renunciar definitivamente al modelo de estado. Algo así están proponiendo los partidos nacionalistas más audaces, como CIU, con su defensa de la disolución del estado en la Europa de las regiones, aunque sea, reconvertidas en Länder de una nueva Gran Alemania, pero en fin, español soy y nada de lo español me es ajeno, que decía Américo Castro.

A.L.: En una conferencia impartida por José María Laso, histórico militante del PCE, precisamente por invitación tuya, conferencia publicada con el titulo La Idea de España en el contexto de la Guerra Civil Española en la Revista El Basilisco nº26. Segunda Época, Laso señalaba la necesidad de rescatar para la izquierda la idea de patriotismo del siglo XIX, es decir, en el contexto abierto por las cortes de Cádiz y denunciar la apropiación por la derecha de la idea de patriotismo….

P.H.: Sí, en el año 1998 se celebraron en mi instituto (el IES Rosario de Acuña) unas conferencias con motivo del centenario de la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico y se habló entre otras cuestiones del nacionalismo y la izquierda. Laso dio una charla sobre la idea de España en el contexto de lo que era el PCE y salieron una serie de planteamientos y reflexiones acerca de cómo el PCE acabó asumiendo tesis nacionalistas. Es cierto, a partir del franquismo la izquierda se orientó en una línea antiestatal. Pero yo creo que eso debemos de superarlo y replantearlo. Y en la línea de lo que comentábamos, en la defensa de lo público, en defensa de instituciones que vertebran el país, el estado, al margen de ideologías nacionalistas que son estrategias equivocadas porque están contribuyendo al debilitamiento del estado, y por tanto, a nuestra pérdida de libertad. Los estado modernos que hemos conocido nosotros son instituciones que juegan precisamente el papel de redistribución de la riqueza y de igualación de los individuos en el marco de libertades que ahora tenemos. Entonces si renunciamos a esa institución, renunciamos a esas capacidades de distribución de la riqueza. De hecho, ya se puede ver en España cómo el ataque despiadado de los políticos contra el estado (Esperanza Aguirre, por ejemplo) está permitiendo que se observe cada vez un mayor movimiento en el mercado del superlujo, grandes dividendos en los bancos recién privatizados, etc.

A.L.: Y en este sentido que venimos comentando acerca de la necesidad del Estado como institución irrenunciable en política, las asimetrías de poder entre los Estados y la necesidad de búsqueda de alianzas estratégicas y aprovechando que estamos en el año del Bicentenario de las Independencias de los países iberoamericanos ¿Cómo ves tu una posible alianza o acercamiento o si quiera una mayor integración de España con los países de Iberoamérica?

P.H.: Sí, efectivamente hay una asignatura pendiente en este asunto. La izquierda española tendría que comenzar a replantearse otro tipo de alianzas con los países de América, donde tenemos un espacio común. Pero no es tanto una cuestión de identidades culturales, sino una cuestión de estrategias de carácter político donde los individuos tienen que pensar en que la manera de regular su existencia en el ámbito de la libertad debe pasar por la recuperación de la fuerza de los Estados regulados democráticamente por instituciones públicas. Es decir,  habría que plantear esta cuestión no en términos de nacionalismo sino de eficacia institucional, de que los individuos son personas en el ámbito del Estado y la disolución del Estado implica la disolución de la persona.

A.L.: En una ocasión se le preguntó a Julio Anguita, ex secretario general del PCE y ex coordinador de IU cómo vería él que España tomara distancias respecto a la UE y pidiera por ejemplo el ingreso en MERCOSUR, ALBA  es decir en las instituciones que se están poniendo en marcha de integración iberoamericana. Se mostró sorprendido y dijo que nunca lo había pensado. ¿Cómo verías tú esta posibilidad a tenor de lo que venimos comentando?

P.H.: Bueno, en términos de intereses nacionales si la UE nos conviene pues bien y adelante y si no nos conviene pues hay que reconsiderarlo, pues tampoco podemos estar ahí a lo que nos digan, tragando con todo lo que nos impongan. Y ahora mismo la situación que se nos está planteando es bastante dura pues se nos está obligando a hace una serie de sacrificios en nombre de una reestructuración cuyos objetivos son desconocidos absolutamente. En la mentalidad europea arraiga una imagen poco digna de los países del sur.

Pero si una mayor integración con los países Iberoamericanos nos permitiera una mejora de las instituciones públicas, del Estado, pues sería enormemente interesante. Pero claro también es un hecho que los países iberoamericanos tienen con España una relación de amor/odio porque se ha generado en Latinoamérica un discurso muy antiespañol de todo lo que significó España como imperio. Y eso también es importante tenerlo en cuenta. No hay que olvidar que el patrón sobre el que se configuraron los nuevos estados americanos con el fin del Imperio Español tiene un perfil institucional inspirado más en el modelo francés que en el español.

A.L.: Claro y esto también precisamente desde la izquierda, las teorías de la dependencia  y la ideología indigenista…

P.H.: Sí, es un tema difícil de abordar. El indigenismo ha jugado, creo, un papel más estratégico, desde el punto de vista político, que verdaderamente ideológico. Pero también esto necesita más perspectiva histórica.

A.L.: Hablamos de todo un continente con países muy diversos con su propia historia y tradiciones, disputas entre ellos…

Si pero también hay una cercanía cultural innegable y enorme. Quizás una cercanía estructural muy grande pero no existencialmente, no vivida así por los ciudadanos de los respectivos países.

A.L.: En tu artículo sobre la noción de filosofía de Manuel Sacristán  señalas que el marxismo triunfó como crítica del capitalismo aunque ha fracasado como modelo político. ¿Consideras esta situación como válida a día de hoy?  Y sobre todo ¿Cómo puede ser posible, si es que puede, un modelo político inspirado bajo los principios del marxismo?

P.H.: Sí, efectivamente el análisis marxista del capitalismo sigue siendo perfectamente válido, es más, al margen de las distintas ortodoxias o dogmáticas que se le siguen atribuyendo al marxismo y al margen de la estructura de propuestas concretas en el ámbito político. El trabajo de Marx en El Capital es un trabajo impresionante de análisis gnoseológico, de análisis del funcionamiento de la economía en su época, amparado en la información que tenía de la economía real, como la que le proporcionaba Engels, por ejemplo. La lectura de El Capital sigue siendo una lectura necesaria para entender el funcionamiento económico actual.

De todas maneras, lo que me preocupaba del análisis marxista que ejercía Manuel Sacristán era precisamente su insistencia en la negación del estado, en la necesidad de hacerlo desaparecer, después de considerarlo la fuente de todos los males. De hecho, por esa misma razón abogaba Manuel Sacristán por la eliminación de la Filosofía de Secundaria. Creo que ese enfoque era completamente equivocado, como se puede comprobar actualmente. Seguramente, ese tipo de planteamientos amparados en el marxismo no hacen más que indefinir la lucha política, sin prestar atención al tema principal, esto es, que sólo en el Estado se garantiza la libertad de las personas.

A.L.: Y a qué se debe a tu juicio el principal error de los estados que se conformaron políticamente bajo los principios del marxismo.

P.H.: El error fundamental es que no fueron capaces de sobreponerse a la presión del capitalismo. En todo caso, es muy arriesgado emitir un juicio acerca de los errores del comunismo. Como dice Rousseau en El Contrato Social, no hay modelos políticos perfectos, el arte de la política consiste en hacer modelos políticos lo más duraderos posibles, porque todos ellos están sujetos a degeneración. El comunismo real, no el teórico o incluso divagante, de los cosmopolitistas, el comunismo de los estados tuvo que construirse en el marco de una dialéctica de estados que fue tremendamente dura. La URSS terminó con el nazismo, eso no se puede olvidar, derrotó a los fascistas, mientras que en la misma victoria contra Alemania se le cuela un nuevo fascismo mucho más amenazante y descontrolado, con el lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Nadie duda hoy que sus aliados hubieran visto con buenos ojos una URSS derrotada por Hitler. De pronto la URSS se vio envuelta en una nueva guerra que tuvo que librar en el contexto de una destrucción total, en medio de un país devastado por la guerra y totalmente agotado por el enorme sacrificio hecho. Qué más le podemos pedir a la URSS.

En todo caso, el comunismo del siglo XX ha sido un primer intento de organizar conscientemente un Estado bajo principios morales, e imprimió una forma de organización de la existencia política que ha sido ampliamente apropiada por cualquier Estado moderno. Existen muchos aspectos establecidos por los países comunistas que han quedado incorporados al modo de organización de cualquier Estado moderno: la planificación, la redistribución de la riqueza, la intervención estatal en todos los ámbitos de la economía, el uso de los medios de comunicación de masas, el interés por el control del pensamiento y el adoctrinamiento ideológico. Digamos que muchos de los métodos han sido fundamentales en la construcción de los estados modernos, sin embargo, estos métodos se usan, por supuesto, con otros fines, como cualquiera puede adivinar actualmente. Digo que siendo el primer intento a gran escala no era fácil que alcanzara un mayor éxito. Es obvio que sobre esos errores se construirán nuevos proyectos revolucionarios. También la URSS tomó como referencia la revolución francesa, que había tenido lugar hacía más de cien años. Los procesos históricos no están al alcance de las vidas personales. Hoy todos desearíamos que se pusiera en marcha de nuevo la revolución comunista contra el capital, contra el fascismo financiero actual, pero es necesario que las condiciones subjetivas alcancen una madurez que hoy por hoy no tienen (por lo menos en Grecia, o España, porque en América Latina nace de nuevo la esperanza). Y lo que es indudable es que el comunismo soviético fue capaz de conseguir cosas hoy casi inconcebibles, y ha puesto de manifiesto la enorme potencia que se genera cuando se organiza racionalmente la producción a todas las escalas. Y esta lección será imborrable, pese a todo. Cuando los pueblos quieran realmente alcanzar la libertad, alcanzar los ideales que cualquier persona moral hoy puede imaginar, sólo tendrán el camino de la conculcación de las fuerzas sociales en la forma del Estado. Es imposible que el voluntariado, o la iniciativa privada sean capaces de hacer realidad esos ideales. La única manera de que todos los pueblos participen objetivamente en la construcción del mundo, es a través de los Estados. La actual degeneración de las democracias requiere una reforma del Estado, una refundación. Eso es inevitable, antes o después.

Es demasiado frívolo atribuir a la URSS, y más teniendo en cuenta la enorme habilidad diplomática de que hizo gala durante toda su historia, posturas filosóficas tan simples como la de que sus dirigentes o sus teóricos, supusieran que encarnaban el fin de la lucha de clases. Estos esquematismos no tienen ningún sentido. Tampoco creo que pensaran que se trataba de una sociedad perfecta, sino todo lo contrario. Hasta los disidentes más señalados reconocen ahora que no tenían interés en que se hundiera la URSS, y no pensaban en que debiera desaparecer, sino en mejorar la organización política. Otra cosa es que la disidencia fuera un factor instrumental al servicio del imperialismo capitalista. Y eso es algo indiscutible. No es posible conseguir una sintonía perfecta entre los intereses de los individuos y los intereses generales. Un estado será más eutáxico en la medida en que sea capaz de integrar los fines personales en los planes generales de una sociedad, pero esta integración nunca se alcanza completamente. Los estados marxistas como cualquier otra sociedad política no son ajenos al conflicto constitutivo entre los planes personales y generales. La cuestión entonces no es hacer una sociedad perfecta, como un fin de la historia, sino un estado lo más duradero posible. Pero eso no depende sólo de su organización interna, sino de la presión que sobre él ejerce el resto de los Estados.

A.L.: Y entonces cómo interpretamos la caída de la URSS como país emblemático del estado inspirado en los principios del marxismo.

P.H.: La URSS sufrió la derrota de la guerra fría. Su situación económica en el período final era particularmente positiva, como se puede ver en el libro de Serguei Karamurza, el libro blanco de la URSS. Es una derrota en la que está actuando la lucha entre los Estados. El imperio americano, los países europeos y, seguramente también, errores de organización política, hicieron posible la imagen lamentable de un Gorbachov reducido a la nada, bajando del avión que le traía de sus vacaciones, como dirigente de un país inexistente. La guerra de Afganistán, la implacable presión de EEUU que libraba una batalla sin cuartel contra el comunismo en todos los frentes, en América Latina, en África, en Asia y por supuesto, particularmente, en la URSS, son factores clave. Por otra parte, es cierto también que el modelo político del imperialismo soviético corresponde a lo que suele entenderse como “imperio generador”. Durante la época soviética se fueron conformando verdaderos estados modernos en territorios donde cien años antes se vivía exactamente como en el Neolítico, y eso es también fundamental entenderlo. De la URSS nacieron estados modernos, urbanos, bien organizados y sorprendentemente estables, en general, salvo conflictos aislados, algunos terribles, como el de Chechenia.

A.L.: Si esto es así entonces los estados capitalistas parecen haber demostrado una mayor capacidad de adaptación, de superar crisis, críticas, enfrentamientos con el bloque comunista…

P.H.: Sí, así es, pero los Estados capitalistas han estado sujetos a grandes transformaciones y refundaciones. Además tampoco se puede decir de muchos de ellos que tengan un gran recorrido histórico y, lo que es más importante, tampoco se puede decir que sean Estados plenamente capitalistas. Han sufrido, sobre todo el en siglo XX, grandes transformaciones internas incorporando en su seno políticas socialistas que han permitido frenar las fuerzas revolucionarias que habían demostrado ya en Rusia de lo que eran capaces. Esto no es un capitalismo acorde a su ideal sino uno mitigado o conformado, mediante postulados keynesianos o como se quieran denominar. Y esto es así entre otros factores por la propia existencia de la URSS. De hecho, la caída de la URSS ha supuesto una refundación de los estados capitalistas. Ahora el capitalismo adquiere una nueva dimensión. No tiene miramientos y actúa con fuerza renovada contra los Estados. De hecho, lo que está ocurriendo es que el capitalismo ataca a los Estados con el fin de desmantelar lo poco que queda del legado revolucionario del siglo XX. No es suficiente con derrotar el bloque soviético, es necesario ahora hacer leña del árbol caído y pasar factura. Acabar con todo aquello que en cierto modo nació bajo el amparo de aquella situación geopolítica. A los Estados no comunistas la caída de la URSS no les trae ninguna ventaja. Solamente desaparece aquello que de alguna manera amparaba un tipo de políticas estatales de carácter socialista que mantenían un orden y estabilidad suficiente para moderar los movimientos políticos de izquierda y derecha. Tiene mayor capacidad de adaptación el imperio que venció, los demás, estamos a remolque, y de hecho ahora vienen contra nosotros. Lo poco que conservamos del racionalismo político socialista es ahora un buen negocio para empresas multinacionales que gracias a la actitud patética de los dirigentes políticos moderados de los estados satélites del imperio anglosajón, van a apropiárselo y desmantelarlo. España es un caso característico, pero no el único.

A.L.: En una conferencia tuya, Marx ante los restos del siglo XXI, señalas que habría que replantear el compromiso con el comunismo respetando o afirmando el papel de la libertad del individuo, los planes y programas del individuo dentro del marco de los fines de una sociedad.

P.H.: Dentro de la crítica marxista existe un aspecto interesante para nosotros actualmente y es el asunto del Estado. El Estado del siglo de XIX se veía como un monstruo, un Leviatán que había que derribar. Alguien en su día me criticó por sacar a colación una cita de Marx en el Programa de Gotta en relación con la educación, cuando señala que la educación pública estaba al servicio de la burguesía, porque estaba concebida para integrar a los individuos dentro del estado. Y esta cita me parece interesante porque nos indica que la situación ha cambiado completamente. El comunismo ahora mismo más que una lucha contra el Estado tiene que ser una lucha a favor del Estado, porque es el único instrumento que tienen los individuos para garantizar su libertad y su autonomía o soberanía. En la situación actual, el peligro de desmembramiento del Estado o que quede a merced de intereses de grandes multinacionales, que por otra parte pertenecen y sirven a los intereses de otros Estados ejerciendo a través de ellas el poder transnacional, para los pueblos significa el fin de la libertad, y el advenimiento de un neofascismo transnacional.

Sin las instituciones objetivas que vertebran el estado y garantizan mi libertad, ¿qué tipo de individuo se construye? Pues algo parecido al concepto de individuo flotante y la democracia aquí es un auténtico camelo. El comunismo ahora tiene que orientarse a la conservación del estado en la búsqueda de la justicia social que es el fin del comunismo. Y esto no puede quedar al criterio de la buena voluntad de las estructuras de poder, sino plasmado en instituciones objetivas, en el estado que garantiza la libertad del individuo, más allá de los intereses de empresas y particulares.

A lo largo de las sucesivas “generaciones de la izquierda”,  utilizando la terminología establecida por Gustavo Bueno en su libro, El mito de la izquierda, la cuestión del Estado ha sido sin duda el problema central. Uno de los ideales repetidamente proyectado es el de la disolución del Estado. El Estado se entiende como un entramado institucional al servicio de las clases dominantes. La idea de que el fin de las sucesivas revoluciones habría de dar como resultado la desaparición del Estado ha sido esgrimida una y otra vez. Las discusiones no se han centrado, generalmente, en la cuestión del fin, sino de los medios para alcanzarlo. Sin embargo, una y otra vez, las sucesivas izquierdas han acabado reorientándose en la conformación del Estado o en su refundación, -por otra parte, esto es lo que, según la tesis de Bueno, las convierte en izquierdas políticas. En este sentido, salvo la generación correspondiente con el movimiento anarquista, todas las demás, tanto la izquierda napoleónica, como la liberal, la social-democrática, la comunista soviética, o la china, han alcanzado, antes o después, el poder político, y han puesto en marcha sus programas. Estos programas se han basado, sistemáticamente, en el reforzamiento del Estado con el fin de realizar, en todos los casos, proyectos de igualación y redistribución de la riqueza, eliminación de privilegios y reorganización del sistema productivo para contribuir, a su vez, a la consolidación del propio entramado institucional de los Estados.

En esta línea, el comunismo soviético marcó la pauta y determinó sin duda el destino histórico del mundo durante el siglo XX y, particularmente, el destino de Europa. La URSS fue, cualquiera puede verlo con echar un vistazo sin prejuicios a su vibrante historia, un modelo político para Europa (no en vano Trotski soñó con establecer la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas Europeas). Los llamados estados del bienestar nacidos después de la II Guerra Mundial adquirieron el aspecto de un capitalismo embridado por la fuerza económica y política de los Estados; al tiempo que regulaban el trasiego capitalista internacional bajo “férreas” leyes políticas. Cuando estos estados se orientaron hacia la regulación de los servicios públicos, los ciudadanos alcanzaron unas condiciones de existencia nunca antes imaginables, dando por ciertas aquellas premoniciones ingenuas que Trotski dejó escritas en el prólogo a su obra Literatura y revolución. El comunismo soviético amparaba y legitimaba políticas estatales de amplio calado socialista que actuaban promocionando sistemáticamente a la sociedad en una especie de flujo ascendente en el que iban quedando libres los estratos más bajos de la sociedad, mientras aumentaba la clase media. Al tener bien mantenidos los sistemas de promoción social públicos e igualitarios (lo que se ha llamado “el ascensor social”), el sistema de promoción social seguía alimentando el mejoramiento de la sociedad. Es recomendable, en este sentido, la lectura de la impresionante novela de Anatoli Ribakov, Arena pesada, donde se describe este sistema de promoción a través de la escuela en la URSS. La rebelión de las masas, tal como predijo Ortega, dio como resultado estos modelos políticos en donde se afirmaban figuras como la del funcionario público, empresas públicas, bienes públicos. Instituciones que, sin duda, nunca hubieran sido posibles si hubieran dependido de la llamada “iniciativa privada” a secas.

Sin embargo, este proceso de promoción social fue capturado por la sociedad de consumo y la amplia oferta de bienes y servicios al alcance de los bolsillos de esta enorme masa de clase media que rellenaba casi todo el espectro social. El consumo, la vorágine del poder de los medios de comunicación de masas, y la constante batalla contra el comunismo iban en una misma dirección. La consecución de la guerra fría supuso el fin de la URSS y de ese orden internacional que se amparaba en ella, un orden en el que los criterios socialistas se imponían a la presión del capitalismo desregulado. La caída de la URSS ha dado lugar a la era de la globalización. Ahora, las corporaciones multinacionales han tomado la delantera a muchos estados, otros son estrangulados hasta la extenuación por su enorme poder, mientras que, con otros, colaboran porque coinciden en los proyectos políticos e ideológicos. De ese modo, los antiguos estados del bienestar, como España, ofrecen, como lo hizo la URSS con su caída “gestionada” por el FMI, unas expectativas de negocio fabulosas, no solamente por las riquezas sociales acumuladas, sino también por las aspiraciones vitales de sus habitantes, potenciales consumidores. Los movimientos de izquierdas se han volcado ahora en la defensa del llamado sector público y en la defensa de criterios de racionalidad productiva y social que son indiscutibles. Y hay que decir que su acción es coincidente con lo que siempre ha sido la izquierda en ejercicio, aunque, quizá, no lo sea tanto en su representación.

Ahora bien, la izquierda tiene ante sí una tarea prometeica, nuevamente, en España. Porque, contra lo que se suele decir, sólo hay una manera de ser de izquierdas. Las diferentes generaciones de que hablamos, sólo difieren en las circunstancias en las que se manifiesta la acción política de izquierdas, pero no lo que es. Hay dos principios que rigen la política de izquierdas: el racionalismo holizador, y el socialismo. Según Gustavo Bueno, el racionalismo holizador se puso en marcha ya desde los inicios de la izquierda política: la Revolución Francesa; porque en ella se estableció precisamente la Declaración de los Derechos del Hombre. El racionalismo de la izquierda, que es lo que hace a la política de izquierdas siempre revolucionaria, supone llevar a la sociedad a un punto tal de análisis que en ella no queden más que sus partes átomas, es decir los componentes últimos de la sociedad política, independientemente de cualquier determinación positiva: los seres humanos, al margen de raza, sexo, condición social, comunidad autónoma, etc. En España, la holización racionalista supone la reorganización radical y revolucionaria de la sociedad sobre la base de que todos los españoles, independientemente de sus determinaciones particulares, son iguales en derechos, y deberes, sin perjuicio de vivir en Gualtares de Órbigo, o en Toledo.  El otro principio, el socialismo, supone tomar en consideración esa situación originaria y constitutiva de la sociedad española, para aplicar en política el principio socialista clásico: “a cada uno según sus necesidades y de cada uno según sus capacidades”. Partiendo precisamente de esa indeterminación originaria, es evidente que quien vive en Gualtares de Órbigo no tendrá nunca, objetivamente, los mismos derechos que quien vive en Tarragona, por lo tanto, el estado, como entramado institucional, comenzará a regular las condiciones para que esas diferencias objetivas se maticen todo lo posible. Esa será la lucha y también el horizonte de incertidumbre e indeterminación para cualquier acción política de izquierdas. Este tipo de horizonte es el que a algunos les ha llevado a imaginarse siempre la realización del socialismo como una utopía, pero al margen de finales, sí es una agenda objetiva de trabajo político que permite establecer un programa y un proyecto de izquierdas en España. Ninguno de los partidos políticos actuales llamados de izquierdas asume estas dos ideas básicas de la doctrina política de la izquierda: el racionalismo y el socialismo. Al margen del marco de la democracia actual, el destino de España se juega en que los partidos que actualmente se llaman de izquierdas renuncien a sus propias miserias, a sus mitos y sus prejuicios, y afronten la tarea ilustrada y liberal de modernizar España sobre la base de esa igualdad originaria y abstracta, no como un punto de partida, sino como el punto de llegada, el punto de fuga hacia el que orientar sistemáticamente toda acción política.

Los partidos de izquierda tendrían que renunciar a la aceptación tácita de privilegios personales, y sociales. Tendrían que aceptar con convicción la igualdad fundamental de todos los españoles, por lo que necesariamente tendrán que establecer como horizonte político un modelo republicano, donde ningún privilegio personal pueda consolidarse de manera hereditaria. Deberá eliminarse, por supuesto, cualquier situación de privilegio nobiliario. Tendrán que renunciar a la defensa de privilegios regionales o autonómicos y reorientar la organización del Estado en términos administrativos, no escatológicos, abandonando la nostalgia o la creencia en esencias metafísicas. Porque las autonomías son fundamentalmente entidades administrativas. Todo lo demás que las define como diferentes son solamente conjuntos de instituciones de mayor o menor importancia étnica que cabe conservar en el marco de la igualdad política constitutiva del Estado. A su vez, en la medida en que discursos idealistas y metafísicos sobre identidades culturales se asienten sobre la preexistencia de rasgos étnicos diferentes, será necesario renunciar a ellos, o contribuir a través del sistema educativo en disociar rasgos étnicos, de identidades culturales míticas. No existe la identidad cultural, porque tampoco existe nada llamado cultura, la cultura no es más que el conjunto de entramados institucionales que organizan la vida de los seres humanos desde sus inicios. Deberán supeditar cualquier privilegio personal al imperativo de la igualdad holizadora del estado.

La redistribución de la riqueza, la igualdad en cuanto al acceso a los bienes y servicios, la igualdad de oportunidades, y la promoción de la excelencia profesional individual son las condiciones objetivas básicas que deben regular cualquier política de izquierdas. Así entendido, los diversos partidos políticos españoles de izquierda deberían renunciar a sus siglas e integrarse en este ideal común socialista, y dar la batalla como frente común contra el idealismo pequeñoburgués de la izquierda nacionalista, contra el idealismo fanático de la derecha nacionalista, contra el liberalismo radical de la derecha que se define precisamente por su batalla objetiva contra el racionalismo y el socialismo. Será de derechas toda política orientada a la conservación de privilegios, a la conservación de diferencias autonómicas, raciales, de género, o de cualquier otra índole. Cualquier concesión a estos privilegios supone, como ya ha ocurrido durante todos estos años, una claudicación por parte de la izquierda española.

De hecho, si las sucesivas generaciones de la izquierda acabaron reforzando el Estado, es porque el socialismo de Estado es la única manera de organizar racionalmente, con justicia y libertad, las sociedades. Sin embargo, tiempos de hierro se acercan por el horizonte cuando, junto a un liberalismo radical en lo económico, se refuerzan las leyes represivas y los instrumentos de coerción social, tal y como se está experimentando en España. El modelo social que lucha por nacer es un engendro ya aplicado con éxito en Rusia, y seguidamente experimentado en aquellos países que bajo el euro han perdido ya de hecho su soberanía y su libertad. Creo, por tanto, que la lucha política debe centrarse en el ámbito del alcance de nuestras operaciones políticas, es decir en el estado al que pertenecemos (Europa no está a nuestro alcance, nadie vota en Europa. Europa es una entelequia dirigida por oligarcas), porque el altruismo como estrategia, cuando se dirige a la Humanidad, sin parámetro político alguno, disuelve su potencial en un horizonte indefinido.

A.L.: Cuál sería la tesis central o lo más destacado de tu libro sobre la educación El fin de la educación. Ensayo de una teoría materialista de la educación.

P.H.: Lo primero que tengo que decirte es que este libro se planteaba no tanto la idea de una sola finalidad en la educación, sino el problema de su continuidad en el contexto de la destrucción de los Estados. Es el primer ensayo, y único hasta ahora, de una teoría materialista de la educación en el marco de la escuela del materialismo filosófico de Gustavo Bueno.
La tesis central es la idea de que la educación está orientada a la formación del individuo como persona, a la integración de los planes individuales en los fines generales de un sociedad. Para que surgiera una institución semejante, fueron necesarias determinadas innovaciones que transformaron las escuelas de escribas y artesanos, en escuelas públicas donde todo el mundo aprendía a leer y a escribir. Cambios históricos como lo que ha solido llamarse el “paso del mito al logos” tienen que ver, como señala Detiènne, con la innovación de la escritura. Las nuevas sociedades que fijan por escrito sus leyes sólo pueden hacerlo por la introducción de una innovación tecnológica revolucionaria, el alfabeto fenicio, y una nueva institución (que tiene sus antecedentes en las escuelas de escribas egipcias o babilónicas), las escuelas que enseñan a escribir y a leer a cualquiera. La potencial universalidad de esta enseñanza está recogida en el hecho de que el alfabeto fenicio simplificaba la técnica de la escritura de manera radical, con respecto a las formas de escritura anteriores. Así pues, el origen de la escuela como tal está unido a las transformaciones que se producen en el contexto de la innovación técnica de la escritura y su articulación en las nuevas formas políticas que llamamos polis, la fijación de las leyes por escrito y la necesidad de que todo el mundo pudiera leerlas. Estas leyes solían grabarse en muros de piedra a la entrada de las ciudades, etc. Y a este respecto realizo una investigación de los orígenes de la escuela pública y su despliegue histórico.

A.L.: Perdona, pero este aspecto me parece importante ya que señalas expresamente que la educación como tal es una institución pública, inserta en la organización de un estado, y esta es su diferencia respecto a otros procesos como la mera instrucción o el aprendizaje que tendrían un carácter más etológico o reservado para grupos particulares, sin que a eso se le pueda denominar estrictamente educación.

P.H.: Esa es la cuestión: Una cosa son las formas de aprendizaje más o menos generales propias de animales, etc. Otra, incluso, las escuelas tradicionales de escribas, que refuerzan los gremios y se mantienen completamente al margen de la sociedad en general. La escuela tiene con respecto a esas otras situaciones un parentesco genético, por supuesto, pero es otra cosa. La escuela como tal nace cuando comienza a ofrecer una enseñanza a cualquiera, por lo que lo que enseña debe ser asequible y debe ser muy necesario: por ejemplo, leer las leyes y participar en la vida política. No en vano Jaeger atribuye a los griegos la invención de la Paideia. La educación pública está orientada a toda la sociedad no a grupos privilegiados. Hay pruebas que nos indican que la escuela era una institución muy extendida en toda Grecia y que permitió entre otras cosas la extensión del helenismo. Por ejemplo en el norte de África se han encontrado pruebas de una enorme presencia de escuelas primarias en el siglo III antes de Cristo. Se han hallado papiros, manuscritos, tablillas, donde se recogen actividades de los propios estudiantes. Se ve que era una actividad muy extendida. (Esto lo estudió un filólogo asturiano, José Luis Galé, hace ya algunos años en un precioso libro.) Hay datos históricos aportados por Plutarco, Pausanias, etc. que hacen alusión a situaciones de la época, curiosidades y acontecimientos, por ejemplo, en la isla de Quíos, un atleta que después de perder en Olimpia vuelve a Quíos, se vuelve loco y derriba un edificio que resulta ser una escuela y fallecen  allí ciento y pico niños. Estas situaciones nos indican que la escuela es una institución importante e inserta en la sociedad de la época. Cuando los persas invaden Atenas y se evacúa la ciudad, los reciben en la ciudad de Trecena. Los mismos ciudadanos de Trecena costean la escuela para los niños atenienses. Hay una serie de datos sorprendentes de la época clásica que indican que la institución escolar estaba enormemente extendida. Debería leerse el libro de Marrou sobre la escuela en la antigüedad. La escuela era una institución mucho más extendida de lo que estamos acostumbrados a suponer en el prejuicio de pensar que la escuela empieza con la escolástica, en la época Medieval. Esto oculta casi dos mil años de existencia de una institución ya estructurada y un patrón que ahora nosotros también estamos siguiendo. Lo mismo ocurrió en época romana. Por ejemplo en las Instituciones de retórica de Quintiliano se pregunta por si los niños deben asistir a la escuela pública o permanecer en casa y Quintiliano argumenta que es necesario que acudan a la escuela pública, por argumentos de socialización, etc. Un debate actual.

Como decíamos antes, esta institución escolar es completamente diferente a la que existía en Mesopotamia ya que aquí tenían más la función de formación de artesanos, en el sentido de un gremio cerrado y especializado, un gremio de escribas, que necesitan un largo aprendizaje para manejar un gran cantidad de signos que resulta totalmente inaccesible para la inmensa mayoría de la población. Aquí hablamos de una institución completamente diferente, de especialistas. En la escuela, en cambio, hablamos de un institución con capacidad para dirigirse al conjunto de la sociedad. Dice Aristófanes por ejemplo, en año 411 antes de Cristo, que es imposible encontrar en Atenas una persona que no sepa leer. La institución del ostracismo era imposible de imaginar sin una extensión de la escuela, de la escritura y lectura ya que había que escribir en el óstracon el nombre de la persona que se quería expulsar de la ciudad.

Aquí sitúo el origen de la escuela. No solo porque esté a cargo del Estado sino porque se orienta al conjunto de la sociedad en el seno del Estado. Y si, en el origen, la escuela está vinculada con la innovación del alfabeto fenicio, las innovaciones tecnológicas posteriores no harán más que ir conformando nuevas transformaciones históricas en la escuela: la imprenta, la máquina de escribir, los ordenadores, Internet.

Pero claro, la otra tesis del libro es la idea de la formación de la persona entendida como componente de un Estado. Aquí el libro ofrece una historia dialéctica, conflictiva, dirigida por las transformaciones que han tenido lugar en las sociedades. Entendemos esas transformaciones como crisis de la idea de persona, como cambios de época que modulan también la idea de persona y la propia institución escolar. En esta parte del libro se hace un recorrido por lo que he considerado las siete figuras de persona en torno a las cuales va a girar la formación de las escuelas. Si la escuela en la época clásica formaba para ser un buen ciudadano de la polis (zoon politikón), en la época romana se impondrá el modelo estoico del zoon koinonikón. En la Edad Media la educación irá ligada a los monasterios, Iglesias, y estará impregnada por una idea de persona de tipo cristiano. En el siglo XVI, el Imperio español supone una ruptura con la tradición medieval, cristiano-romana y aparece un nueva figura que yo en mi libro reflejo con la idea del caballero andante, del Quijote. Es una idea que hasta cierto punto conforma lo que fue la presencia de los españoles en América; los conquistadores no iban con esa avidez de oro que se les atribuye, por la Leyenda Negra, iban también imbuidos de ideales caballerescos medievales que quedaron reflejados en muchas de las gestas extraordinarias que surgieron de la Conquista. Resulta increíble por ejemplo la historia de Cabeza de Vaca, al que llaman el Ulises español, que tiene que sobrevivir entre los indios de Norteamérica, en Florida, viaja andando desde Florida hasta México hasta encontrarse con los españoles, después de ocho años. Los recogen los hombres de Cortés en México ya cerca del Pacífico y piensan que son indios que hablan español. Cabeza de Vaca vuelve a España y escribe un libro donde cuenta esa historia. Después descubre las cataratas de Iguazú y será uno de los defensores de los indígenas. Podíamos hablar también de la conquista del Perú por Pizarro. Los ejemplos son numerosos. La enorme literatura que los propios protagonistas nos dejaron son una muestra inequívoca de que no se trataba de seres indoctos o bestiales como muchas veces se ha supuesto. Es necesario recuperar y releer toda esa impresionante literatura en español.

La cuestión es que aquí hay una figura histórica que además se confirma por la dialéctica con el protestantismo, que es precisamente la nueva figura de persona que se va a imponer, en medio de la lucha contra el imperio español. La figura de la persona que impone el protestantismo es la que corresponde con el nacimiento de la burguesía, tal y como la define Max Weber en su conocido libro La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo. Y en el seno de este nuevo espacio abierto por la burguesía con el protestantismo surge dialécticamente una nueva figura de persona: el proletariado, incubado en el seno de esa sociedad, de ese modo de producción. Esta figura nueva va ha originar también una tensión y conflicto; es el movimiento obrero que a través de la URSS y el bloque socialista conforma una alternativa al bloque capitalista y que culmina con la caída de la URSS. Llamo a esta figura de la persona “el nuevo Prometeo”, que representa en cierto modo el mundo construido durante los dos últimos siglos. La caída de la URSS deja paso a la nueva figura de la persona que emerge y conforma nuestro presente histórico, un presente caracterizado por la globalización. La propuesta que hago en el libro, es casi una prospectiva: Yo propongo que la nueva figura de la persona que está surgiendo es lo que llamamos el individuo consumidor, que es precisamente la negación de la idea de persona, ya que supone la disolución del individuo frente a una multitud de planes y programas que le impiden seguir una trayectoria vital y personal coherente. Esa situación le convierte en un individuo flotante respecto a cualquier trayectoria, precisamente por la pluralidad de alternativas disponibles. Todo se convierte en actos de consumo: para necesidades básicas, para ocio, etc., el consumo como manifestación de la vida personal (sería como una concreción empírica del ocasionalismo de Malebranche).

Lo que propongo como hipótesis es que la nueva situación está caracterizada por lo que Bueno llamaba el individuo flotante, un modelo de persona que es la negación de la propia idea de persona, porque los planes y proyectos personales no  se estructuran según una planificación coherente y biográfica, sino que se disuelven en los avatares de las modas en todas sus dimensiones, reorientándolos a cada momento conforme a multitud de planes y programas en constante cambio. Y, en este sentido, y aquí quería llegar, esto supondría el fin de la educación, en la medida en que la educación está orientada a la integración de los fines personales en los planes generales del Estado, y no como se suele decir de forma vulgar, al “sometimiento del individuo”, un enfoque muy reduccionista. La educación, la educación pública, trata de estructurar, conformar, los fines personales en función de los planes y programas generales según la época histórica. Lo que sucede ahora es que en la medida en que desaparecen los estados, que son los que establecen en último término esos planes generales, en la medida en que el estado no realiza esta función, la función y finalidad de la escuela pública degenera y desaparece, no sólo por la privatización coyuntural, sino por la propia descomposición de los estados. Y en este sentido hablo del fin de la educación. La ley de Wert está en sintonía con este desmantelamiento objetivo de la escuela.